MARATÓN
Los discípulos de Filípides corren por las calles de la ciudad para completar, otro año más, una gesta heroica equivalente a la del guerrero griego que, tras vencer sobre los persas en las llanuras de Maratón, corrió unos 40 kilómetros hasta Atenas para comunicar la victoria a las mujeres. Así no se suicidarían junto con sus hijos, pues los persas habían prometido violar a sus esposas y sacrificar a los niños si ganaban la batalla.
Pero, si ya no existe amenaza alguna, ¿por qué miles de personas entablan, año tras año, una batalla colosal?
Si alguien se asomara a la ventana ese día, observaría a un magnífico ejército de 15.000 personas dispuestas a llegar hasta el final. Hombres y mujeres, de cualquier edad, visten sus coloridos trajes de combate con orgullo y determinación para conseguir su victoria: finalizar el Maratón. Saben que miles de ellos caerán, pero eso no les detendrá.
Los guerreros han preparado la carrera durante meses, sacrificando su descanso y su familia por este único objetivo. A algunos las lesiones les han respetado, y con otros se han cebado constantemente. Sus cuerpos han sufrido el frío, el viento y la lluvia, y sus rostros han reflejado en muchas ocasiones el agotamiento.
Pero todos están allí, y han preparado cuidadosamente la batalla. Han comido bien, han bebido mucho, y han tratado de dormir acunando sus nervios.
Cada uno tiene sus motivos, y todos son magníficos: Hay quien quiere probarse a sí mismo, quien recuerda a un ser querido, o quien cumple una promesa. Es la energía del guerrero.
Pero ahora sus familias ya no esperan sus noticias. Se encuentran apostadas en cualquier recodo del camino, y también recorren largas distancias sólo para lanzarles gritos de ánimo y victoria. Ellos también hacen su carrera con un único objetivo: brindar al guerrero la oportunidad de emocionarse en la batalla y resurgir de sus cenizas, durante unos metros, con nuevas fuerzas.
El guerrero sabe que, durante la Maratón, vivirá una nueva vida de 42 kilómetros y 195 metros. Una vida dura, marcada, como su propia vida, por el tiempo y el espacio. Una vida dentro de la vida.
Durante 3, 4, 5 ó 6 horas, recorrerá un camino que, a pesar del recorrido oficial, nunca sabrá a dónde puede conducirle. Recorrerá el sendero, hará nuevos amigos y se emocionará con su familia. Pero también, en íntima soledad, cada metro pondrá a prueba su determinación y constancia, y le estará esperando para traicionarle en cuanto baje la guardia.
Pero perseverará, se esforzará, sufrirá, llorará. Desconfiará de sí mismo, de su preparación y de sus fuerzas. Y mirará dentro de sí para encontrarse, para decirse que él puede, que él quiere, y que nada lo detendrá. Que no es más que los demás guerreros, pero nunca menos. Y entonces escuchará gritos, sentirá aplausos, escuchará su nombre, leerá pancartas, y verá las caras de sus seres queridos. Allí están, como siempre estuvieron:
¡Ánimo!
¡Ya lo tienes!
¡Venga, venga!
¡Bravo!
Y el guerrero mirará hacia la cima y sabrá, por fin, que su destino es la victoria. No importa cuánto quede, no importa lo que duela. Alcanzará su meta alzando sus brazos y, simplemente, será feliz.
Por eso ha luchado: para tener una vida dentro de la vida.